Este fin de semana he tenido dos conversaciones que, sin buscarlo, me han dejado pensando en lo mismo: expresar lo que sientes sin miedo es de las cosas más difíciles que hacemos, y también de las más necesarias.
Una amiga me contaba el sábado que llevaba semanas sintiendo que su pareja no la veía. Que en algunos momentos difíciles había sentido que él no estaba ahí de la forma en que ella necesitaba. Y esta mañana, otra amiga me hablaba de una conversación complicada que tuvo con la suya, después de días de silencio y distancia.
Y aunque estas dos historias pasan dentro de una relación de pareja, lo que hay detrás no es exclusivo de las parejas. Es lo mismo que le pasa a una clienta cuando no se atreve a decir lo que piensa en una reunión. O a alguien que lleva años callándose una idea porque no se cree que sea suficientemente valiosa. El patrón es el mismo: algo dentro te pide ser dicho, y algo más fuerte todavía te dice que mejor no.
Cuando aplicas todos tus recursos y no es suficiente
Mi amiga me contaba que había hecho de todo. Había hablado, había esperado, había intentado explicarse de mil maneras distintas. Había puesto sobre la mesa cómo se sentía cuando estaba mal y no encontraba el apoyo que necesitaba. Y aun así, entre los dos, no conseguían resolverlo solos.
Lo que más me quedó de esa conversación no fue el problema en sí. Fue algo que dijo casi de pasada: que pedir ayuda externa no era un fracaso, era simplemente reconocer que ya habían hecho todo lo que sabían hacer con las herramientas que tenían. Y que hacía falta algo más.
Yo creo que esto pasa también con nuestra propia voz. Aplicamos todos los recursos que tenemos: intentamos explicarnos mejor, cambiamos el tono, lo volvemos a intentar de otra forma. Y a veces no es que nos falte esfuerzo. Es que nadie nos ha enseñado a reconocer qué es lo que realmente sentimos y necesitamos, antes de intentar comunicarlo hacia fuera. Por eso, muchas veces, pedir ayuda no es rendirse. Es el primer paso hacia adelante.
El silencio también es una forma de no decir lo que sientes
La otra historia es distinta pero habla de lo mismo desde el lado contrario. Mi otra amiga tuvo una conversación difícil el fin de semana. Algo estaba pasando y ella quería hablarlo. Pero él se cerró. No hablaba de lo que le ocurría, entraba en silencio y se alejaba.
Y cuanto más intentaba ella acercarse para entender qué pasaba, más se cerraba él. Eso generó una desconexión entre los dos que no venía del problema original, sino de no poder hablar de él.
Esto me parece uno de los patrones más silenciosos y menos hablados: no decir lo que sientes no es solo callarte con palabras. También es cerrarte y poner distancia. Muchas personas con las que trabajo no se dan cuenta de que llevan años haciendo justo esto: no mienten, no evitan directamente, simplemente se cierran cuando algo les toca de verdad. Y ese cierre también es una forma de no atreverse a mostrarse tal como son.
Lo que cambia cuando por fin lo dices
Las dos historias tienen un desenlace parecido, y es el que más me interesa contarte. Mi amiga y su pareja acabaron pidiendo ayuda externa, y ahora están avanzando. Mi otra amiga y la suya, este fin de semana, por fin hablaron. Pusieron sobre la mesa todo lo que sentían y lo que no estaba funcionando. Se han dado unos meses para ver cómo se sienten y si pueden recuperar la conexión que tenían.
En ninguno de los dos casos hablar resolvió el problema de golpe. No hay un final feliz instantáneo ni una fórmula mágica. Pero en ambos casos, decir lo que sentían fue lo que abrió la puerta a que algo pudiera cambiar.
Antes de hablar, ambas parejas estaban atrapadas en la misma inercia: cada uno esperando que el otro adivinara, se diera cuenta, hiciera algo distinto. Después de hablar, aunque no supieran todavía cómo iba a acabar, al menos ya no estaban solas cargando con lo que sentían por dentro.
Esto es lo que quiero que te lleves de aquí: expresar lo que sientes sin miedo no garantiza que todo se resuelva. Sí es la forma de que exista la posibilidad de que se resuelva.
El silencio, por muy cómodo que parezca a corto plazo, no protege nada. Solo aplaza.
Puntos clave
- No atreverte a decir lo que sientes también puede ser cerrarte, alejarte o desconectarte.
- Pedir ayuda externa cuando ya has aplicado todos tus recursos es reconocer que hace falta una herramienta distinta.
- Decir lo que sientes no siempre resuelve un problema por arte de magia, aunque es lo que abre la puerta a que pueda resolverse.
- El patrón de callarte lo que sientes o piensas se repite en la pareja, en el trabajo y en cómo te muestras al mundo: es el mismo miedo con distintos disfraces.
- Recuperar la confianza en tu propia voz empieza por reconocer, primero para ti misma, qué es lo que de verdad sientes y necesitas.
Conclusión
Estas dos historias de este fin de semana no van solo de parejas. Van de algo que veo constantemente en mi trabajo: personas que llevan años calladándose o disfrazando lo que de verdad sienten, piensan o necesitan, porque en el fondo no terminan de creerse que eso que son ya sea suficiente.
La buena noticia es que esto se puede trabajar. Expresar lo que sientes sin miedo no se trata de convertirte en alguien que dice todo lo que piensa sin filtro, sino de recuperar la confianza en tu propia voz: saber qué sientes, saber que tiene valor, y encontrar la forma de expresarlo sin miedo, con orgullo.
Si te has visto reflejada en algo de lo que has leído, si sientes que llevas tiempo callándote cosas importantes por miedo a cómo van a sentar, me encantaría escucharte. Puedes contactar conmigo aquí o enviarme un email a angels@angelsanton.com
Preguntas frecuentes
¿Cerrarme y no hablar es lo mismo que callarme lo que siento?
Sí. El silencio y la distancia también son una forma de no expresar lo que sientes, aunque no impliquen decir ninguna mentira. Es una manera de protegerte que, a la larga, genera desconexión con la otra persona.
¿Pedir ayuda externa significa que he fracasado?
No. Pedir ayuda cuando ya has intentado resolverlo con tus propios recursos es reconocer que hace falta una mirada o una herramienta distinta, no una señal de fracaso.
¿Qué pasa si digo lo que siento y no cambia nada?
Puede que el problema no se resuelva de inmediato. Ahora bien, decir lo que sientes es lo que abre la posibilidad de que algo cambie. El silencio, en cambio, garantiza que todo siga igual.
¿Cómo empiezo a recuperar la confianza en mi propia voz?
El primer paso es reconocer, para ti misma, qué es lo que de verdad sientes y necesitas, antes de intentar comunicarlo hacia fuera. Ese es justo el punto de partida del proceso que trabajo en mis consultorías y mentorías.
